Duelo, felicidad, comenzar de nuevo

Merecemos ser felices

Pensé que la felicidad era un lugar al que se llegaba... hasta que entendí que era lo único verdaderamente urgente

24 Jul 2026 5 min de lectura

Hace unos días andaba pensando en de todo un poco, entre eso, sobre la felicidad. No en esa de las fotos, o en esa que nos muestran las redes sociales, sino en la de verdad. Esa que uno cree que va a llegar cuando por fin consiga todo lo que se propuso.

Durante mucho tiempo pensé (cómo todos nosotros) que la felicidad era un destino. Que primero había que cumplir una lista de requisitos: tener éxito, estabilidad, reconocimiento, una pareja bonita, una casa, el trabajo soñado… y que entonces, solo entonces, nos iba a llegar esa plenitud que todos buscamos. Pero la vida me fue enseñando otra cosa, sobre todo después de atravesar pérdidas que me cambiaron para siempre.

El duelo tiene una forma muy clara de poner todo en su lugar. Después de perder a alguien que amas, después de volverte nada por dentro, muchas cosas que antes parecían urgentes dejan de serlo. Empiezas a preguntarte qué vale la pena de verdad y entiendes que la paz es mucho más importante que vivir corriendo detrás de una idea de felicidad que siempre está un paso más adelante.

Hoy siento que la paz llega cuando dejamos de pelearnos con la vida que nos tocó. Cuando aceptamos que el pasado no va a cambiar, que hay dolores que nos van a acompañar siempre y que, aun así, podemos construir una vida bonita. No igual a la de antes, porque esa ya no existe, pero sí una que tenga sentido para la persona en la que nos hemos convertido.

Lo difícil casi nunca es saber qué nos ilusiona. Lo difícil es atrevernos a hacerlo, sobretodo después de tanto tramacazo.

Y siempre va a haber alguien que te pregunte: «¿Y cuántas cosas más vas a hacer?», «¿Qué necesidad tienes de meterte en otro proyecto?», «¿No estabas bien como estabas?». Son comentarios que muchas veces no vienen con mala intención, pero terminan haciéndonos sentir que cada nuevo comienzo necesita una justificación.

Entendí que nadie va a vivir mi vida por mí. Nadie va a cargar con mis pérdidas, con mis arrepentimientos ni con los sueños que dejé guardados por miedo al qué dirán. Si algún día miro hacia atrás, quiero hacerlo sabiendo que lo intenté, no preguntándome qué habría pasado si me hubiera atrevido.

También me di cuenta de que muchas de esas voces que intentan frenarnos vienen de personas que hace tiempo dejaron de hacer cosas que las hacían sentir vivas. No las juzgo. La vida pesa, las responsabilidades pesan, el miedo pesa. Pero no quiero que ese peso termine siendo el mío.

Por eso ya no me da miedo empezar de nuevo. Si quiero estudiar algo diferente, escribir otro libro, abrir un café, aprender algo nuevo o cambiar el rumbo de mi vida, lo voy a hacer sin sentir que tengo que pedir permiso. Mientras esté viva y tenga salud para seguir caminando, todavía hay tiempo para descubrir nuevas versiones de mí.

La única diferencia es que ya no me lanzo por impulso ni dejo que el miedo me llene de excusas. Simplemente dejo reposar la idea para saber si de verdad la quiero o si solo estoy huyendo de algo.

Y tampoco creo que para vivir bien haya que renuncie a la prosperidad. Me encanta ver a la gente crecer y prosperar haciendo lo que ama. Lo importante es no perderse a uno mismo en el camino. Hay personas que lo tienen todo y viven profundamente vacías, mientras otras encuentran una felicidad inmensa en cosas sencillas: preparar un café para alguien, cuidar unas plantas, leer un libro, respirar con calma o tener una conversación que te llegue al corazón.

Cada vez estoy más convencida de que la paz es el verdadero punto de partida. Cuando dejas de vivir intentando cumplir las expectativas de los demás y empiezas a tomar decisiones que alimentan tu alma, la felicidad deja de sentirse tan lejana. Ya no es una meta a la que corres desesperadamente. Es algo que aparece mientras construyes una vida que, por fin, se parece a ti.

Y creo que eso es lo que realmente significa volver a empezar. No es olvidar lo vivido ni dejar atrás el dolor, sino aprender a caminar con él sin permitir que sea quien decida el resto de nuestra historia.

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Hace unos días andaba pensando en de todo un poco, entre eso, sobre la felicidad. No en esa de las fotos, o en esa que nos muestran las redes sociales, sino en la de verdad. Esa que uno cree que va a llegar cuando por fin consiga todo lo que se propuso.

Durante mucho tiempo pensé (cómo todos nosotros) que la felicidad era un destino. Que primero había que cumplir una lista de requisitos: tener éxito, estabilidad, reconocimiento, una pareja bonita, una casa, el trabajo soñado… y que entonces, solo entonces, nos iba a llegar esa plenitud que todos buscamos. Pero la vida me fue enseñando otra cosa, sobre todo después de atravesar pérdidas que me cambiaron para siempre.

El duelo tiene una forma muy clara de poner todo en su lugar. Después de perder a alguien que amas, después de volverte nada por dentro, muchas cosas que antes parecían urgentes dejan de serlo. Empiezas a preguntarte qué vale la pena de verdad y entiendes que la paz es mucho más importante que vivir corriendo detrás de una idea de felicidad que siempre está un paso más adelante.

Hoy siento que la paz llega cuando dejamos de pelearnos con la vida que nos tocó. Cuando aceptamos que el pasado no va a cambiar, que hay dolores que nos van a acompañar siempre y que, aun así, podemos construir una vida bonita. No igual a la de antes, porque esa ya no existe, pero sí una que tenga sentido para la persona en la que nos hemos convertido.

Lo difícil casi nunca es saber qué nos ilusiona. Lo difícil es atrevernos a hacerlo, sobretodo después de tanto tramacazo.

Y siempre va a haber alguien que te pregunte: «¿Y cuántas cosas más vas a hacer?», «¿Qué necesidad tienes de meterte en otro proyecto?», «¿No estabas bien como estabas?». Son comentarios que muchas veces no vienen con mala intención, pero terminan haciéndonos sentir que cada nuevo comienzo necesita una justificación.

Entendí que nadie va a vivir mi vida por mí. Nadie va a cargar con mis pérdidas, con mis arrepentimientos ni con los sueños que dejé guardados por miedo al qué dirán. Si algún día miro hacia atrás, quiero hacerlo sabiendo que lo intenté, no preguntándome qué habría pasado si me hubiera atrevido.

También me di cuenta de que muchas de esas voces que intentan frenarnos vienen de personas que hace tiempo dejaron de hacer cosas que las hacían sentir vivas. No las juzgo. La vida pesa, las responsabilidades pesan, el miedo pesa. Pero no quiero que ese peso termine siendo el mío.

Por eso ya no me da miedo empezar de nuevo. Si quiero estudiar algo diferente, escribir otro libro, abrir un café, aprender algo nuevo o cambiar el rumbo de mi vida, lo voy a hacer sin sentir que tengo que pedir permiso. Mientras esté viva y tenga salud para seguir caminando, todavía hay tiempo para descubrir nuevas versiones de mí.

La única diferencia es que ya no me lanzo por impulso ni dejo que el miedo me llene de excusas. Simplemente dejo reposar la idea para saber si de verdad la quiero o si solo estoy huyendo de algo.

Y tampoco creo que para vivir bien haya que renuncie a la prosperidad. Me encanta ver a la gente crecer y prosperar haciendo lo que ama. Lo importante es no perderse a uno mismo en el camino. Hay personas que lo tienen todo y viven profundamente vacías, mientras otras encuentran una felicidad inmensa en cosas sencillas: preparar un café para alguien, cuidar unas plantas, leer un libro, respirar con calma o tener una conversación que te llegue al corazón.

Cada vez estoy más convencida de que la paz es el verdadero punto de partida. Cuando dejas de vivir intentando cumplir las expectativas de los demás y empiezas a tomar decisiones que alimentan tu alma, la felicidad deja de sentirse tan lejana. Ya no es una meta a la que corres desesperadamente. Es algo que aparece mientras construyes una vida que, por fin, se parece a ti.

Y creo que eso es lo que realmente significa volver a empezar. No es olvidar lo vivido ni dejar atrás el dolor, sino aprender a caminar con él sin permitir que sea quien decida el resto de nuestra historia.