Cómo una colombiana, inmigrante y periodista de entretenimiento que ama bailar, reírse y contar historias terminó hablando de pérdidas, muerte y, sobre todo, de cómo volvemos a empezar
A propósito del lanzamiento de El arte de no morir de dolor, que ya está a la vuelta de la esquina, se me ocurrió hacer un carrusel en Instagram para volver a presentarme. Empecé a buscar fotos viejas, a tratar de decidir qué partes de mi vida contar y cuáles dejar por fuera —porque resumir 50 años en unas cuantas fotos tampoco es tarea fácil— y caí en cuenta de algo: mucha de la gente que hoy me sigue llegó cuando yo ya estaba hablando de duelo.
Y pensé: un momento. Tal vez tú que estás leyendo esto no tienes ni idea de cómo llegué hasta aquí.
Porque si empezamos por el principio, yo no era precisamente la candidata más obvia para terminar hablando de la muerte. Soy colombiana, inmigrante, periodista de entretenimiento. Me encanta bailar, viajar, reírme, tomar café, conocer gente y hacer chistes incluso cuando probablemente debería quedarme callada. Durante buena parte de mi carrera entrevisté artistas, cubrí alfombras rojas, escribí sobre música, cine y televisión. Hice documentales, lancé un podcast y me gané la vida contando las historias de otros.
Entonces, ¿en qué momento terminé hablando de duelo, acompañando a personas al final de la vida y organizando encuentros donde nos sentamos a tomar café y hablar de la muerte?
Pues la vida hizo lo suyo.
Nací en Cartagena y en mis veintes me fui a Estados Unidos. Como buena inmigrante, llegué con muchos sueños, poco dinero y esa maravillosa inconsciencia de la juventud que te hace pensar que de alguna manera vas a resolver. Y resolví. Me casé, tuve dos hijos, me divorcié, fui mamá soltera, trabajé muchísimo y hubo épocas en las que las cosas se pusieron muy, muy difíciles. Pero seguí.
También construí una carrera que me dio momentos maravillosos. Conocí gente fascinante, entrevisté a personas que antes veía por televisión, viajé, escribí, hice cine y pude vivir de algo que siempre me ha gustado: hacer preguntas y contar historias.
Pero mientras todo eso ocurría, la vida también empezó a enseñarme otra cosa.
Murió el padre de mis hijos. Años después murió mi papá. Volví a enamorarme profundamente y cuando pensaba que ya me sabía algunas de las reglas de este juego, llegó el cáncer. Me tocó acompañar a Agustín, el hombre con quien imaginaba envejecer, durante su enfermedad y hasta el final de su vida. Después murió mi mamá.
Y por el medio hubo otras pérdidas que no tenían ataúd ni funeral, pero que también dolieron. El divorcio. Emigrar. Los problemas económicos. Relaciones que terminaron. Casas que dejaron de ser casa. Mis hijos creciendo. Mi cuerpo cambiando. Planes que estaba segurísima de que iban a ocurrir y que un día simplemente dejaron de existir.
Creo que ahí empecé a entender de verdad que el duelo es muchísimo más grande que la muerte.
Uno también hace duelo por la vida que pensó que iba a tener.
Y como soy periodista y tengo el defecto —o la virtud— de querer entenderlo todo, empecé a hacer preguntas. ¿Por qué hablamos tan mal del duelo? ¿Por qué nos desespera ver sufrir a alguien? ¿Por qué queremos que la gente “pase página” y vuelva a ser la de antes? ¿Y qué pasa cuando no quieres, o simplemente no puedes, volver a ser la de antes porque todo lo que viviste te cambió?
Empecé a leer, estudiar e investigar. Me formé como grief coach y como doula de final de vida. Empecé a acompañar a otras personas y a escuchar historias que, aunque eran completamente diferentes a la mía, tenían algo muy familiar.
Y de ahí, eventualmente, salió Café y Duelo.
La idea era bastante sencilla: crear un lugar donde pudiéramos hablar de lo que normalmente evitamos. Sin pretender arreglar a nadie, sin decirle a la gente cuánto tiempo tiene permitido estar triste y sin esa presión de tener que contestar “bien” cuando alguien pregunta cómo estás y estás hecha mierda.
Y como soy colombiana, obviamente había que poner café.
Después vino el libro.
Nunca, ni en mis sueños más salvajes, imaginé que mi primer libro publicado por una gran editorial sería sobre el duelo. Si alguien me lo hubiera dicho hace veinte años, probablemente me habría reído. Pero aquí estamos. Se llama El arte de no morir de dolor y nació de mis pérdidas, sí, pero también de todo lo que aprendí acompañando y escuchando las pérdidas de otros.
Y mientras se acerca el lanzamiento me he dado cuenta de algo que para mí es muy importante: yo no quiero que mi historia se convierta solamente en una lista de las personas que he perdido.
Porque sigo siendo la periodista. Sigo siendo la mamá. Sigo siendo la colombiana que habla duro y se ríe duro. Me sigue encantando bailar. Me emociono con una buena entrevista. Tengo demasiadas ideas al mismo tiempo. Me meto en proyectos sin saber del todo cómo voy a sacarlos adelante y después me toca resolver. Algunas cosas, claramente, no cambian.
De hecho, a los 50 hice algo que quizá resume bastante bien quién soy: agarré mis cosas, puse un océano de por medio y me fui a empezar otra vez en España.
Y aquí estoy. Aprendiendo una ciudad nueva, conociendo gente, descubriendo lugares, montando proyectos, perdiéndome todavía por Madrid y haciendo cosas por primera vez otra vez.
Tal vez eso es lo más extraño y más bonito que me ha dejado todo este camino. Después de pasar tantos años aprendiendo sobre las despedidas, terminé interesándome muchísimo en los comienzos.
Por eso Café y Duelo tampoco es, para mí, un lugar solamente para hablar de muerte. Es un lugar para hablar de lo que pasa después. De cómo seguimos. De quiénes somos cuando la vida que conocíamos cambia. De cómo cargamos a quienes ya no están sin dejar de vivir nosotros.
Y también, por supuesto, para tomarnos un café.
Ahora sí, creo que estamos formalmente presentados.