Hay momentos en la vida en los que uno cree que ya ha aprendido todo lo que podía aprender. Yo pensé que cumplir cincuenta años iba a ser una etapa para cosechar lo sembrado, no para volver a sentarme como alumna frente a un cuaderno.
Pero la vida tenía otros planes.
Después de perder a Agustín, descubrí que el duelo no solamente rompe el corazón. También cambia el cuerpo. Cambia la forma en la que uno duerme, piensa… e incluso respira.
Desde hace años convivo con la ansiedad. Aprendí a reconocerla, a trabajarla y, en muchos momentos, a mantenerla bajo control. Pero cuando llegó el duelo más grande de mi vida, la ansiedad encontró un terreno fértil para crecer. Había días en los que sentía que el pecho se cerraba. Respiraba rápido, superficial, como si mi propio cuerpo hubiera olvidado que el aire también podía ser un refugio.
Fue entonces cuando apareció en mi camino el breathwork, que literalmente significa trabajo consciente de la respiración.
No se trata simplemente de respirar profundo. Es una práctica que utiliza diferentes técnicas respiratorias para ayudar a regular el sistema nervioso, disminuir el estrés, procesar emociones y crear un espacio de mayor conexión entre el cuerpo y la mente.
Todavía estoy aprendiendo. Sigo siendo estudiante y cada clase me recuerda cuánto desconocemos sobre algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan poderoso como respirar.
Lo que más me ha sorprendido es descubrir que muchas veces el cuerpo habla antes que las palabras. Hay emociones que no sabemos explicar, pero sí podemos sentir. Hay lágrimas que llevan años esperando un permiso para salir. Y hay personas que, después de una pérdida, viven en un estado constante de alerta sin siquiera darse cuenta.
Hoy entiendo que muchas veces no es que no podamos seguir adelante. Es que nuestro sistema nervioso sigue creyendo que el peligro continúa.
Por eso decidí estudiar esta disciplina. Primero por mí. Porque necesitaba encontrar herramientas que me ayudaran a vivir mejor, a manejar la ansiedad y a aprender a acompañar mi propio dolor de una forma más amable.
Y después, por los demás.
Desde que nació Café y Duelo he tenido el privilegio de escuchar cientos de historias. Personas que llegan con pérdidas de todo tipo: una muerte, un divorcio, una enfermedad, una relación rota, un sueño que nunca se cumplió. Cada historia es diferente, pero casi todas tienen algo en común: el cuerpo también está haciendo duelo.
Mi deseo es que, cuando termine mi formación, el breathwork se convierta en una herramienta más dentro de las terapias y encuentros de Café y Duelo. No para reemplazar una terapia psicológica ni un tratamiento médico cuando sea necesario, sino para complementar el proceso de quienes buscan una manera más consciente de atravesar el dolor.
Porque estoy convencida de que el duelo no se vive solamente con la cabeza. También se vive con el cuerpo.
No creo que exista una respiración capaz de borrar una ausencia.
No la hay.
Pero sí creo que existen respiraciones que nos ayudan a sostener mejor el peso de esa ausencia. Respiraciones que, por unos minutos, calman el ruido, bajan la ansiedad y nos recuerdan que seguimos aquí.
Respirar no elimina el dolor.
Pero puede enseñarnos a atravesarlo sin dejar de vivir.
Ese es el camino que estoy recorriendo.
Y, cuando me sienta preparada, será un honor recorrerlo también junto a quienes confían en mí para acompañarlos en su duelo.