Café y Duelo

Después del ruido

Hay tragedias que sacuden la tierra y otras que no mueven una sola pared, pero todas tienen algo en común: existe un antes y un después. El verdadero reto comienza cuando pasa el ruido, abrimos la puerta y nos preguntamos cómo volver a sentir que el mundo es un lugar seguro.

14 Ago 2026 5 min de lectura

Estos días, viendo las imágenes de los terremotos en Colombia y Venezuela, he pensado mucho en algo que conozco más de lo que quisiera: qué pasa después. Después del susto, después de salir corriendo, después de llamar a todo el mundo para saber si está bien, después de que dejan de llegar las primeras noticias y uno entiende que para algunos aquello fue un susto, pero para otros la vida acaba de cambiar para siempre.

Yo nunca he vivido un terremoto. No sé qué se siente cuando literalmente la tierra se mueve debajo de los pies y no pretendo compararlo. Pero después de tantos años viviendo en Miami sí me tocaron huracanes, y todavía recuerdo especialmente uno de aquellos que nos golpearon muy fuerte. Recuerdo estar dentro de la casa escuchando el viento. Ese sonido no se olvida. Uno siente que algo allá afuera está rugiendo y no sabe exactamente qué está pasando ni qué va a encontrar cuando termine.

Pero curiosamente, cuando pienso en aquello, el huracán mismo no es lo que más recuerdo.

Lo peor fue después.

Abrir la puerta cuando finalmente había pasado la tormenta y descubrir que el mundo que estaba ahí unas horas antes ya no era el mismo. Ese momento se me quedó grabado. Árboles en el piso, calles irreconocibles, casas destruidas y un silencio rarísimo después de tanto ruido. Duramos semanas sin luz. Había casas con huecos en los techos y, cuando volvía a llover, parecía que llovía más adentro que afuera. Conseguir hielo, gasolina o comida se convertía en una misión. Por momentos uno tenía esa sensación absurda de estar viviendo el fin del mundo.

Y eso que lo mío no fue nada comparado con lo que vivieron tantas personas con Andrew y otros huracanes devastadores. Hubo quienes perdieron sus casas, sus pertenencias, personas que amaban, todo lo que habían construido durante años. Incluso recuerdo historias de gente que terminó marchándose porque, aunque el huracán había pasado, no podían dejar de escuchar aquel ruido en su cabeza. El viento ya no estaba afuera, pero seguía soplando por dentro.

Creo que por eso puedo imaginar, aunque jamás decir que sé exactamente lo que sienten, algo de lo que están viviendo ahora quienes han pasado por estos terremotos. Porque llega un momento en que la tierra deja de moverse, pero uno no.

El peligro termina y el cuerpo sigue esperando la próxima réplica. Un ruido te sobresalta, cuesta dormir, revisas compulsivamente las noticias, llamas otra vez a tus hijos aunque hablaste con ellos hace veinte minutos. Miras una pared buscando una grieta que quizás antes ni habrías notado. Y aparece una pregunta inevitable: ¿y si vuelve a pasar?

Después de una tragedia, recuperar la paz no consiste simplemente en que todo vuelva a la normalidad, entre otras cosas porque a veces esa normalidad ya no existe. Después de aquel huracán entendí que pueden reparar un techo, levantar los árboles, devolver la electricidad y limpiar las calles, pero hay otra reconstrucción que nadie ve y que puede tardar muchísimo más.

La del cuerpo. La de la cabeza. La de la sensación de estar seguro otra vez.

Y de esas reconstrucciones sí sé bastante.

Porque también existen terremotos que no son físicos.

Hay terremotos que llegan en forma de una llamada telefónica, de un diagnóstico, de una muerte, de un accidente, de una separación, de perder la casa, el trabajo o la vida que creíamos que íbamos a tener. No tumban edificios ni aparecen en las noticias, pero son capaces de partir nuestra vida exactamente en dos: antes de esto y después de esto.

A mí la vida me ha movido el piso unas cuantas veces. He recibido llamadas que cambiaron todo, he acompañado enfermedades, he enterrado personas que amaba y he tenido que despertarme al día siguiente preguntándome cómo carajos se suponía que debía continuar si mi mundo ya no era el mismo. Y una de las cosas más extrañas es descubrir que el mundo de los demás sí sigue. La gente trabaja, el semáforo cambia, alguien se ríe en la mesa de al lado y tú piensas: ¿pero cómo puede estar todo funcionando si a mí se me acaba de derrumbar la vida?

Con el tiempo entendí que después de ciertos golpes la paz no puede depender de que alguien nos garantice que nada malo volverá a suceder, porque esa garantía no existe. No podemos controlar una réplica, como tampoco podemos controlar una enfermedad, un accidente o la muerte de alguien que amamos. Si la vida se pudiera controlar, créanme que la mía tendría unas cuantas páginas escritas de otra manera.

Entonces me tocó aprender otra forma de entender la paz.

Durante mucho tiempo pensé que estar en paz significaba dejar de tener miedo, dejar de llorar o sentir que todo estaba bien nuevamente. Ahora creo que a veces la paz es algo mucho menos espectacular. Puede ser volver a dormir una noche completa. Poder entrar a tu casa sin sentir miedo. Sentarte a tomar un café y darte cuenta de que llevas diez minutos sin pensar en lo que pasó. Reírte sin sentir culpa. Volver a hacer planes. Respirar y reconocer que, por lo menos en este preciso momento, estás aquí y estás a salvo.

También tenemos que permitirnos alejarnos un poco de las imágenes. Esto puede sonar extraño viniendo de una periodista, porque durante tantos años mi trabajo ha sido precisamente mirar, preguntar, contar y volver a mirar. Pero llega un momento en que estar informado deja de informar y comienza a alimentar el miedo. Ver cincuenta veces el mismo edificio cayéndose no ayuda a nadie debajo de los escombros. Apagar el teléfono durante unas horas, comer, dormir, rezar, caminar o hablar con alguien no significa que dejó de importarnos. Significa que estamos cuidando el cuerpo y la cabeza que vamos a necesitar para seguir adelante.

Y si pasan los días y ese terremoto continúa adentro, hay que pedir ayuda. No tenemos que demostrarle a nadie que somos los más fuertes del barrio. Hay experiencias que necesitan tiempo y otras que, además del tiempo, necesitan una mano que nos ayude a sentirnos seguros nuevamente.

Quizás por eso estos acontecimientos me tocan tanto. Porque una tragedia reorganiza las prioridades sin pedir permiso. Podemos pasar semanas preocupados por un mensaje que no llegó, una discusión, una cuenta, alguien que habló mal de nosotros o un plan que salió diferente. Y de repente se mueve la tierra, llega un huracán, suena un teléfono o aparece un diagnóstico y todo aquello que parecía gigantesco cinco minutos antes encuentra rápidamente su verdadero tamaño.

No creo que la enseñanza sea vivir asustados esperando la próxima tragedia. Qué manera tan horrible de desperdiciar la vida. Para mí es exactamente al revés. Se trata de recordar, mientras no está pasando nada, que tenemos este momento. Que podemos llamar, abrazar, reconciliarnos, sentarnos a comer juntos, decir lo que sentimos y querer a nuestra gente mientras nuestra gente está aquí.

Estos días, pensando especialmente en Colombia y Venezuela, no quiero quedarme solamente con las imágenes de destrucción. También quiero mirar a la gente buscando gente, al vecino ayudando al vecino, las manos levantando escombros, las llamadas que sí fueron contestadas, los abrazos después del susto. Esa capacidad tan humana de recogernos unos a otros cuando todo se cae.

Porque reconstruir una ciudad toma tiempo. Reconstruir una casa toma tiempo. Y reconstruir la sensación de que el mundo vuelve a ser un lugar seguro también toma tiempo.

Lo aprendí después de escuchar durante horas aquel viento en Miami. Y lo he tenido que aprender muchas otras veces cuando los terremotos de mi vida no hicieron temblar una sola pared.

Algunos desastres dejan escombros en las calles. Otros los dejan por dentro. Y en ambos casos, después de sobrevivir, comienza la misma tarea: recoger poco a poco lo que quedó, decidir qué todavía sirve, aceptar lo que se perdió y empezar a construir otra vez.

No necesariamente la vida que teníamos antes. La vida que podemos tener después.

Un abrazo,

Monica

Una pausa para ti

Un espacio para respirar con calma

Si este texto tocó algo en ti, no tienes que transitarlo en silencio.

Conocer nuestros espacios

Estos días, viendo las imágenes de los terremotos en Colombia y Venezuela, he pensado mucho en algo que conozco más de lo que quisiera: qué pasa después. Después del susto, después de salir corriendo, después de llamar a todo el mundo para saber si está bien, después de que dejan de llegar las primeras noticias y uno entiende que para algunos aquello fue un susto, pero para otros la vida acaba de cambiar para siempre.

Yo nunca he vivido un terremoto. No sé qué se siente cuando literalmente la tierra se mueve debajo de los pies y no pretendo compararlo. Pero después de tantos años viviendo en Miami sí me tocaron huracanes, y todavía recuerdo especialmente uno de aquellos que nos golpearon muy fuerte. Recuerdo estar dentro de la casa escuchando el viento. Ese sonido no se olvida. Uno siente que algo allá afuera está rugiendo y no sabe exactamente qué está pasando ni qué va a encontrar cuando termine.

Pero curiosamente, cuando pienso en aquello, el huracán mismo no es lo que más recuerdo.

Lo peor fue después.

Abrir la puerta cuando finalmente había pasado la tormenta y descubrir que el mundo que estaba ahí unas horas antes ya no era el mismo. Ese momento se me quedó grabado. Árboles en el piso, calles irreconocibles, casas destruidas y un silencio rarísimo después de tanto ruido. Duramos semanas sin luz. Había casas con huecos en los techos y, cuando volvía a llover, parecía que llovía más adentro que afuera. Conseguir hielo, gasolina o comida se convertía en una misión. Por momentos uno tenía esa sensación absurda de estar viviendo el fin del mundo.

Y eso que lo mío no fue nada comparado con lo que vivieron tantas personas con Andrew y otros huracanes devastadores. Hubo quienes perdieron sus casas, sus pertenencias, personas que amaban, todo lo que habían construido durante años. Incluso recuerdo historias de gente que terminó marchándose porque, aunque el huracán había pasado, no podían dejar de escuchar aquel ruido en su cabeza. El viento ya no estaba afuera, pero seguía soplando por dentro.

Creo que por eso puedo imaginar, aunque jamás decir que sé exactamente lo que sienten, algo de lo que están viviendo ahora quienes han pasado por estos terremotos. Porque llega un momento en que la tierra deja de moverse, pero uno no.

El peligro termina y el cuerpo sigue esperando la próxima réplica. Un ruido te sobresalta, cuesta dormir, revisas compulsivamente las noticias, llamas otra vez a tus hijos aunque hablaste con ellos hace veinte minutos. Miras una pared buscando una grieta que quizás antes ni habrías notado. Y aparece una pregunta inevitable: ¿y si vuelve a pasar?

Después de una tragedia, recuperar la paz no consiste simplemente en que todo vuelva a la normalidad, entre otras cosas porque a veces esa normalidad ya no existe. Después de aquel huracán entendí que pueden reparar un techo, levantar los árboles, devolver la electricidad y limpiar las calles, pero hay otra reconstrucción que nadie ve y que puede tardar muchísimo más.

La del cuerpo. La de la cabeza. La de la sensación de estar seguro otra vez.

Y de esas reconstrucciones sí sé bastante.

Porque también existen terremotos que no son físicos.

Hay terremotos que llegan en forma de una llamada telefónica, de un diagnóstico, de una muerte, de un accidente, de una separación, de perder la casa, el trabajo o la vida que creíamos que íbamos a tener. No tumban edificios ni aparecen en las noticias, pero son capaces de partir nuestra vida exactamente en dos: antes de esto y después de esto.

A mí la vida me ha movido el piso unas cuantas veces. He recibido llamadas que cambiaron todo, he acompañado enfermedades, he enterrado personas que amaba y he tenido que despertarme al día siguiente preguntándome cómo carajos se suponía que debía continuar si mi mundo ya no era el mismo. Y una de las cosas más extrañas es descubrir que el mundo de los demás sí sigue. La gente trabaja, el semáforo cambia, alguien se ríe en la mesa de al lado y tú piensas: ¿pero cómo puede estar todo funcionando si a mí se me acaba de derrumbar la vida?

Con el tiempo entendí que después de ciertos golpes la paz no puede depender de que alguien nos garantice que nada malo volverá a suceder, porque esa garantía no existe. No podemos controlar una réplica, como tampoco podemos controlar una enfermedad, un accidente o la muerte de alguien que amamos. Si la vida se pudiera controlar, créanme que la mía tendría unas cuantas páginas escritas de otra manera.

Entonces me tocó aprender otra forma de entender la paz.

Durante mucho tiempo pensé que estar en paz significaba dejar de tener miedo, dejar de llorar o sentir que todo estaba bien nuevamente. Ahora creo que a veces la paz es algo mucho menos espectacular. Puede ser volver a dormir una noche completa. Poder entrar a tu casa sin sentir miedo. Sentarte a tomar un café y darte cuenta de que llevas diez minutos sin pensar en lo que pasó. Reírte sin sentir culpa. Volver a hacer planes. Respirar y reconocer que, por lo menos en este preciso momento, estás aquí y estás a salvo.

También tenemos que permitirnos alejarnos un poco de las imágenes. Esto puede sonar extraño viniendo de una periodista, porque durante tantos años mi trabajo ha sido precisamente mirar, preguntar, contar y volver a mirar. Pero llega un momento en que estar informado deja de informar y comienza a alimentar el miedo. Ver cincuenta veces el mismo edificio cayéndose no ayuda a nadie debajo de los escombros. Apagar el teléfono durante unas horas, comer, dormir, rezar, caminar o hablar con alguien no significa que dejó de importarnos. Significa que estamos cuidando el cuerpo y la cabeza que vamos a necesitar para seguir adelante.

Y si pasan los días y ese terremoto continúa adentro, hay que pedir ayuda. No tenemos que demostrarle a nadie que somos los más fuertes del barrio. Hay experiencias que necesitan tiempo y otras que, además del tiempo, necesitan una mano que nos ayude a sentirnos seguros nuevamente.

Quizás por eso estos acontecimientos me tocan tanto. Porque una tragedia reorganiza las prioridades sin pedir permiso. Podemos pasar semanas preocupados por un mensaje que no llegó, una discusión, una cuenta, alguien que habló mal de nosotros o un plan que salió diferente. Y de repente se mueve la tierra, llega un huracán, suena un teléfono o aparece un diagnóstico y todo aquello que parecía gigantesco cinco minutos antes encuentra rápidamente su verdadero tamaño.

No creo que la enseñanza sea vivir asustados esperando la próxima tragedia. Qué manera tan horrible de desperdiciar la vida. Para mí es exactamente al revés. Se trata de recordar, mientras no está pasando nada, que tenemos este momento. Que podemos llamar, abrazar, reconciliarnos, sentarnos a comer juntos, decir lo que sentimos y querer a nuestra gente mientras nuestra gente está aquí.

Estos días, pensando especialmente en Colombia y Venezuela, no quiero quedarme solamente con las imágenes de destrucción. También quiero mirar a la gente buscando gente, al vecino ayudando al vecino, las manos levantando escombros, las llamadas que sí fueron contestadas, los abrazos después del susto. Esa capacidad tan humana de recogernos unos a otros cuando todo se cae.

Porque reconstruir una ciudad toma tiempo. Reconstruir una casa toma tiempo. Y reconstruir la sensación de que el mundo vuelve a ser un lugar seguro también toma tiempo.

Lo aprendí después de escuchar durante horas aquel viento en Miami. Y lo he tenido que aprender muchas otras veces cuando los terremotos de mi vida no hicieron temblar una sola pared.

Algunos desastres dejan escombros en las calles. Otros los dejan por dentro. Y en ambos casos, después de sobrevivir, comienza la misma tarea: recoger poco a poco lo que quedó, decidir qué todavía sirve, aceptar lo que se perdió y empezar a construir otra vez.

No necesariamente la vida que teníamos antes. La vida que podemos tener después.

Un abrazo,

Monica